domingo, 31 de enero de 2016

Tío, ¿qué pasa?

El espíritu crítico es una cosa formidable. Existir dudando de todo, formándote tu propia opinión de las cosas sin que te afecte lo más mínimo lo que digan los demás. Está tan, tan bien que si te sientes identificado con esta actitud probablemente sea porque eres una persona muy inteligente. Descartar, archivar, defender, denostar. Esos son los verbos. Sin embargo, es el arroz pegado de la argumentación: lo repelamos por gula, al igual que nos justificamos en el espíritu crítico para poder tener vía libre y basar todo nuestro discurso en la referencia despectiva. 

Hay una cosa muy bonita y muy del siglo XXI que diría (y corregidme si me equivoco) que es resultado directo de la era de la comunicación. Se trata de cómo la plática de las sociedades ha acabado mutando en una suerte de referencia constante a la plática del semejante: tratamos de construir una argumentación como un ejercicio de ego, como una forma de reivindicarnos en medio de una muchedumbre detestable y grasienta que opina sin que haya ningún héroe anónimo que los detenga. Ese héroe, aunque no tan anónimo, eres tú: tú tienes que enseñar a los demás, defendiendo tu impronta y entre cuatro abominables selfies, cómo funciona realmente el asunto. Tú, ilustrado, eres el encargado aquí y ahora de empezar a elucubrar y proponer porque, oh, cruel devenir, alguien ha dicho algo que en el fondo de tu corazón te chirría. 

Y ahí es cuando empiezo a plantearme si realmente hemos asumido tantísimo nuestra existencia como una respuesta al entorno que hasta nosotros mismos nos encargamos de manejar nuestra impronta respondiendo a retazos de otros discursos; paliando un minúsculo, molesto e incesante goteo creando una cascada cuyas aguas se adecuen mejor a lo que nosotros exigimos. Porque lo más importante no es ser más tú, sino hacer más ruido. 

lunes, 11 de enero de 2016

En defensa y en retrospectiva...

Dada la opinión general (que empieza a rozar la categoría de muletilla) de que Star Wars: El despertar de la Fuerza no supone más que un mero remake de la película original del 77' y una repetición de códigos que devienen en un aterrador lugar de comodidad para los fans, me veo tentado a hacer una serie de matizaciones que considero interesantes. Lapidadme, pero allá voy.

En primer lugar, conviene enumerar sus errores: El despertar de la Fuerza, bien por una estrategia comercial medidísima, bien por falta de temeridad, no trae demasiadas novedades en su discurso visual y sus conceptos de lore. En efecto, Abrams recicla mil elementos (el subtexto ya nos avisa con Rey manteniéndose a flote recuperando viejas piezas de los destructores estelares clásicos) para construir un imaginario seguro en el que poder actuar sin que el fan se alarme por si es todo demasiado raro. Sí, Disney no se la ha querido jugar. Pero, paradójicamente, la película funciona a las mil maravillas cuando integra nuevas ideas en su historia y es menos efectiva cuando el reciclaje lleva unilateralmente a lugares comunes. Esta queja existe y persiste entre fans y haters, que se reconcilian al aceptar éste como el mayor error de la cinta. ¿La diferencia? El grado de importancia que le da cada uno.

No me malinterpretéis: a mí no me parece "poco importante" que a la película le falte imaginación en su lore. La ficción de género tiene interés, en gran parte, por cómo sorprende con el imaginario y lo conjuga con el corazón de sus historias, y que éste remita constantemente a lugares comunes es poco inspirado y entiendo que pueda cabrear al personal. No obstante, no entiendo cómo esta falta de discurso visual ha llegado a solapar el que, por otro lado, es el mayor acierto de la cinta y también uno de sus grandes motivos de crítica: los nuevos personajes.

Por un lado tenemos a Rey, que como personaje principal dista mucho más de Luke (repito, olvidémonos del discurso visual de la cinta) de lo que lo hizo Anakin en aquel fallido Episodio I (que, fíjate tú, para mí es tan nostálgico o más que la película de Abrams).  Tenemos una protagonista sin aspiraciones heróicas que, lejos de buscar aventuras, lo único que quiere es reencontrarse con su familia (inversión de motivaciones que ya se habían calcado con Anakin con respecto a Luke). De Finn ni siquiera podemos sacar un referente: es un personaje completamente nuevo que, como mucho, puede recordarnos a Han Solo cuando decide optar por la vía segura ante enfrentarse con la peligrosa Primera Orden. Concepto que, además de cogidísimo con pinzas, no es exclusivo del contrabandista, sino un lugar recurrente de toda la ficción de género que cuenta una épica sobre la lucha contra el mal. Vamos, el clásico escéptico que se contrapone, sin ser un villano, a las ilusiones del héroe. Poe tampoco nos remite, en realidad, a nada conocido. Pese a que su sentido del humor nos puede recordar en ciertos puntos al ya mencionado Han Solo, es un personaje que nada tiene que ver con éste (ni en su sátira, mucho más amable e intencionada en el piloto de la Resistencia). Cuatro adjetivos: idealista, amable, abierto y fiel. Cuatro adjetivos que ya lo alejan de cualquier comparación forzada por parte del fandom.


Y, por supuesto, nos queda el villano. Kylo Ren, el personaje mejor construido de la película y el más denostado por la crítica, que paradójicamente parece quejarse de la condición de remake de la cinta mientras pide a gritos que el caballero de Ren no se quite la máscara ni deje de ser un calco exacto de lo que fue Darth Vader.  De acuerdo, se puede rajar de lo presente sin necesariamente estar pidiendo un retorno a lo clásico, pero curiosamente muchas de estas críticas claman por características que encajan a la perfección con lo que habían sido el resto de villanos de la saga (que, salvando a Vader y Palpatine, eran bastante pobres en la hexalogía (que no en el expansivo UE)). Porque sí, Kylo es un Vader wannabe, una copia, un impostor, un fraude. De eso se trata. Por mucho que quieran denostarlo algunos y reivindicarlo por encima de sus posibilidades otros, la cualidad dramática principal del personaje es el patetismo. No es ningún badass, ni pretende serlo: nos encontramos ante un villano en formación que se siente frustrado por su imposibilidad para entregarse al Lado Oscuro y alcanzar el poder que le exige su ascendencia. Otra joyita de subtexto que enriquece tanto el concepto de la cinta como al personaje en sí. En el camino de retomar la leyenda, destripa el discurso de la búsqueda del mito para ofrecernos una nueva vía que además se siente orgánicamente ligada a la propia naturaleza de la saga: la evolución desde el fondo, la que se centra menos en apuntes de diseño y pomposidad visual para explorar el corazón de lo que fue -y es- Star Wars en la cultura popular. Y con esa lectura asienta las bases para perpetuar el legado. 


lunes, 8 de junio de 2015

Una visión imparcial

Es difícil no tomar bandos cuando encauzas una obra coral tan "competitiva" como es Canción de hielo y fuego. Lejos estoy de culpar a nadie por hacerlo: de hecho, considero que una de las formas más divertidas de abordar la lectura de esta saga es acogiéndote a un frente principal en la guerra que en ella se narra. Es una manera preciosa de implicarse y vivir la historia, y, personalmente, la recomiendo a los neófitos.

David Benioff y Dan Weiss, showrunners de su adaptación televisiva, tienen las cosas claras y también han elegido un bando. Saben qué personajes les gustan y cuáles no, y lo veo legítimo. Sin embargo, trasladar esas manías y predilecciones a su obra e imprimir una lectura brutalmente posicionada a la hora de abordar a los personajes me parece muy injusto. Injusto, en primer lugar, porque la obra de Martin se caracteriza precisamente por retratar de forma imparcial el conflicto: su gusto por Daenerys no impide que su trama en Meereen sea una sucesión de decisiones torpes y desacertadas. Con estos dos eso no ocurre. Convierten sus opiniones sobre la saga en interminables soliloquios aleccionadores que parecen gritar al espectador qué bando es el bueno, arrebatando así otra gran virtud de la saga: el poder elegir por uno mismo quién tiene razón y quién no. Benioff y Weiss, ansiosos por hacer de su lectura una suerte de canon universal, deforman y destruyen a los personajes a su antojo para que se correspondan con sus ideas sobre la obra de Martin. Tristemente, esto suele trasladarse al fandom, que más de una vez atribuye las tropelías cometidas en la adaptación a los personajes sin tener en cuenta su versión literaria. Ahí es cuando ellos ganan: cuando imponen su visión.

Meereen parecía encauzarse correctamente en esta quinta temporada: algunos de los mayores errores del gobierno de Daenerys en las novelas se trasladaban y adaptaban de forma muy visual y clara en la adaptación. ¿Lo malo? Que sólo era un camino, unos cuantos baches hasta que Tyrion apareciera y se convirtiera en el consejero perfecto: el complemento ideal para hacer de la Khaleesi la candidata ejemplar para el gobierno de Poniente. Esto no sólo ocurre de una forma ligeramente forzada, sino que se extingue en dos conversaciones construidas con el único afán de vendérnosla y conducir nuevamente al espectador hacia la visión que ellos defienden.

Por otro lado, tramas como la de Stannis parecían reivindicar los grises del personaje. Otro engaño: en la season finale de la temporada este personaje asesina a su propia hija y única heredera. La intención de esta gente era elaborar una especie de plot-twist martinesco, una Boda Roja pobremente planteada que además serviría de compensación (y contradicción) ética de todas las escenas maravillosas que parecían arrojar algo de luz sobre esta oscura adaptación del último rey Baratheon. ¿Para qué? Quién sabe, quizás sea para hacer que Brienne consuma sus deseos de venganza sin que el espectador la pueda culpar de nada. O quizás sólo sea una mala idea que ocasionalmente apareció a la hora de elaborar la escaleta de la temporada. Lo único que sabemos a ciencia cierta es que los showrunners han declarado su animadversión hacia Stannis en numerosas entrevistas, y que ésta se refleja en la versión televisiva del personaje.

Ellos mismos deberían de entender que esta forma de hacer las cosas boicotea su propio producto. Yo no les pido favoritismo por ningún personaje que a mí me guste, sólo que recuperen algo esencial de la obra de Martin, lo mínimo que se le podría pedir a una adaptación de la misma: una visión imparcial. De otra forma, pedirnos que nos tomemos en serio Juego de tronos es, valga la redundancia, poco serio. 

martes, 28 de abril de 2015

Una lanza a favor de Meereen (¡viva la Khaleesi!)

Deberíais ejecutarme en una plaza. Sí, voy en serio. He cometido el mayor pecado que puede profesar un fan crítico y serio de Canción de hielo y fuego. Por mi vergüenza me condenarían hasta los Niños del Bosque; me juzgarían los Otros y los Primeros Hombres. He pecado tan fuerte que los Gorriones me harían pasear desnudo siete veces por las calles de Desembarco del Rey. R'hllor me perdone, ¡he disfrutado de la trama de Meereen en la serie!

He transgredido las leyes de cualquier persona con criterio, pero, ¡qué se yo! ¿No puede uno darse un caprichito de vez en cuando? No con esto, ¿verdad...?

No me malentendáis, no vengo aquí a cuestionar los -acertadísimos- argumentos que ponen en tela de juicio la virtuosa y magnífica Daenerys que nos propone el Varys televisivo. Precisamente vengo a reivindicar esos razonamientos y por extensión, a la propia serie. Porque siento que por primera vez, Benioff y Weiss se han deshecho del forzado culto que rinden hacia la Madre de Dragones. En lo que llevamos de esta temporada, parece que Daenerys al fin se ha impregnado del ambiente abyecto y el olor a mugre que caracteriza al resto de tramas políticas. Y qué queréis que os diga: le sienta genial.

Siempre he pensado que el nudo de Meereen contiene las mejores ideas y el peor ritmo de todos los POV de Daenerys. La sucesión de cagadas a las que se aferra mucha gente para justificar su odio hacia la Khaleesi -que ahora se reconoce como reina, fíjate tú- me parece lo mejor que podría haber hecho Martin por su pequeña Mary Sue, ahora no tan perfecta. 

Porque Canción de hielo y fuego trata sobre errores, y que éstos no salpiquen a ciertos personajes -coff, coff, Tyrion, coff coff...- es sangrante. Por eso, ahora sí, aplaudo la determinación de Benioff y Weiss al reflejar las cuestionables decisiones de Daenerys en Danza de Dragones (2011) de forma tan contundente, huyendo de las horribles medias tintas que empañaban la calidad de esta trama en las dos temporadas anteriores. 

miércoles, 9 de abril de 2014

Review 'Game of Thrones' 4x01 - Two Swords

 Venga, va. Hablemos un poco de 'Game of Thrones'. Que a mí me encanta parlotear sobre esta serie (y sobre 'Canción de Hielo y Fuego' en general) pero nunca me animo a escribir reviews ni nada parecido. Siempre siento que he comentado todo con colegas y se me hace un poco insulso decir algo más, pero hoy me apetece. Estoy juguetón. Y a lo mejor lo hago con toda la temporada, ya que posiblemente sea la más interesante de la serie. Ah, y si no habéis leído los libros, no os preocupéis por los spoilers. Los habrá, pero estarán ocultos.

 La temporada empieza, como viene siendo tradición en la serie (salvo en la segunda), con una escena anterior al opening tras un "previously". La secuencia, que nos muestra un Tywin especialmente villanesco convirtiendo a Hielo, el mandoble de la ya moribunda Casa Stark, en las dos armas que dan título al episodio (Guardajuramentos y Lamento de Viuda), se coloca muy por delante de la insatisfactoria visión de la Batalla del Puño que se encargó de arrancar la tercera temporada. Y aunque no llega al nivel de la fantástica introducción de la primera (esa imagen icónica de los Guardias caminando entre los árboles y la nieve más allá del Muro es insuperable), esta escena nos da jugosas y simbólicas imagenes que son ya 'highlights' del capítulo. Sin  hablar. Solo una solemne y delicada versión del tema Stark que se transforma en  Las Lluvias de Castamere más burlonas y altaneras posibles. El león contempla fríamente la caída del lobo, seguro junto al calor de la forja. El final de un ciclo.


 Si había algo muy acertado al dividir 'Tormenta de Espadas' en dos partes es que, tras la muerte de Robb y Catelyn, se cierra uno de los frentes protagónicos de la saga en seco y ésta se ve obligada a, en cierto modo, reescribirse a sí misma. La Boda Roja supone un cambio total en el juego, y una brecha entre temporadas que, unida a esa introducción fatalista que sepulta metafóricamente a la Casa Stark, marca una especie de reinicio. De punto y aparte. De hecho, es curioso que este cambio entre dos temporadas que adapten el mismo libro se note mucho menos continuista de lo que fue el de la segunda a la tercera, que sí estaba adaptando dos novelas distintas. Y es que, aunque haya algunas pocas tramas que sí quedaron un poco en el aire en la tercera temporada, la mayoría de ellas pareció llegar a un punto muy distinto en su final.

 Tras el opening (que nos trae como novedades Fuerte Terror, la fortaleza de la Casa Bolton y Meereen, la ciudad esclavista en la que seguiremos las divertidísimas aventuras de Daenerys Targaryen), lo primero que vemos es a un Jaime Lannister totalmente renovado (con un corte de pelo muy acorde a las novelas y un no tan acorde afeitado). Está claro que parte del cambio de look se debe a una impresión visual asociada a la nueva visión que tenemos del personaje tras lo acontecido en la tercera temporada. Ya no es el personaje unidimensional, chulesco y villano que vimos al principio de la serie. Hay un cambio; ahora tenemos a un ser humano complejo, con sus inseguridades y claroscuros. Y aunque la interacción con su padre viene a ser una repetición de lo que vimos en la primera temporada (Tywin intenta que Jaime deje la Guardia Real y se convierta en el Señor de Roca Casterly, heredando su puesto), aquí se une a la ecuación el hecho de que nuestro Matarreyes se ha quedado manco, y su calidad como espadachín es más cuestionable que nunca. La escena, aunque funciona, deja la sensación de estar ligeramente desaprovechada, alargada, y no llega a aportar nada realmente nuevo a ninguno de los personajes. Pero la acepto como un recordatorio eventual para mantenernos en situación.



 No hay que desesperar. Tras esto ya nos empiezan a introducir chicha importante. En una conversación entre Bronn, Pod y Tyrion en medio de un bosque se nos habla de los dornienses. Y tras una llegada poco espectacular de varias casas menores, se nos presenta el que es uno de los atractivos más importantes de esta temporada: Oberyn Martell, la Víbora Roja. Interpretado por un maravilloso Pedro Pascal, acompañado de la siempre brillante Indira Varma en el papel de Ellaria Arena, nos brindan una de las escenas introductorias más geniales de toda la serie. Este nuevo personaje nos ha dado en cinco minutos más fuego que cualquier dragón digital en el resto de capítulos. La pasión (en la violencia y en el amor) que desprende es magnética, y desvía nuestra atención en el acto hacia el que seguramente será uno de los personajes favoritos de los fans. Especialmente destacable el momento en el que cuenta sus motivaciones y deja claro que ha llegado a Desembarco del Rey por venganza y no por la boda real. Grande también que no se hayan puesto a sobreexplicar e incidir innecesariamente en el tema de Lyanna. Que sí, que puede que el espectador no lector necesite recordatorios más explícitos, pero siempre es agradable (sobre todo tal y como está el cine hoy en día) que no traten al respetable de estúpido y dejen buscar al mismo los datos que se le escapan.

 Tenemos unas cuantas más escenas con Jaime. Quizás es hasta algo excesivo teniendo en cuenta que el reencuentro más interesante (aparte de Cersei) podría haber sido con Tyrion y no se da. De hecho, uno de los puntos flojos del episodio es la cantidad abusiva de trama en Desembarco del Rey. Aun así, hay puntos interesantes: la escena entre Tyrion y Sansa es preciosa, con una Sophie Turner que cada día que pasa es mejor actriz. También hay un momento íntimo entre Tyrion y Shae muy jugoso (SPOILER: y reconfortante para los fans de los libros que esperábamos una desviación importante en esta trama) y la aparición de Dontos, que (esto no es ningún spoiler) los lectores demandábamos hace unas cuantas temporadas y que, pese a ser agradecible, se resuelve con torpeza y forzadamente tras una risible secuencia de pseudo terror que no viene muy a cuento. Y por supuesto, la magnífica escena con Joffrey planeando la guardia en su boda, interpretado increíblemente bien por Jack Gleeson (SPOILER: qué pena que le quede tan poco) que vuelve a mostrar su crueldad (esta vez, más psicológica que física) con Jaime, que parece tener a toda su familia por la labor de hacer su vida más desagradable. 

 Con la trama de Daenerys vamos a acabar rápido y me temo que no voy a ser muy indulgente. No me gusta nada, especialmente desde el viaje hacia Meereen en adelante. Es tediosa, está llena de tópicos y se hace bastante aborrecible. Daario Naharis es un personaje que veo totalmente desubicado en el universo de 'Canción'; un arquetipo con patas de chulo prepotente al que presuntamente tenemos que querer porque "mola". Cuaja tan poco en la saga como la propia Daenerys, que se puede disfrutar desde lo icónico, pero es imposible encontrar ningún interés más allá de admirar el trabajo de CGI y diseño de producción al crear a sus dragones y su ejército. Ha llegado un punto en el que prefiero no tener en cuenta ni valorar sus peripecias, porque no me interesan lo más mínimo ni en las propias novelas. Le daría un minipunto por Iain Glen, que es un actor exquisito que se come rápido la pantalla y hace subir enteros el nivel, pero la verdad es que en este episodio no hace gran cosa. De hecho, le quito uno por mantener a Barristan Selmy como un anciano pachorro que se dedica a echar barriga y calentarse la calva tirado a la bartola. ¡Que es uno de los guerreros más fieros y míticos de Poniente, coño! Y ojo, ¡solo le hemos visto matar un bicho de un navajazo! Indignante.

 Pero bueno, las cosas malas por las que no lo son. Tenemos una enorme escena de Jon, ya en el Muro, como un hombre nuevo. Y eso se refleja en la actuación de Kit Harington, el caracartón por excelencia de la serie que, por fin, golpea con el puño en la mesa y muestra un poco más de determinación y oficio. Es más, diría que hasta está brillante en su juicio junto al maestre Aemon, Janos Slynt y el comandante en funciones Alliser Thorne. Aunque, para ser justos, el que se luce realmente de toda la cuadrilla es Peter Vaughan, con esa fantástica línea explicando cómo es capaz de detectar una verdad o una mentira que cierra la escena junto a una banda sonora magistral que nos remite al leitmotiv de Jon e Ygritte: "I grew up in King's Landing". Pelazos de punta, oye.



 Otro gran punto del episodio es la aparición del Magnar de Thenn, Styr, junto a sus thennitas. Aquí hay un cambio importante en cuanto a los libros, y es que aunque en el universo de 'Canción de Hielo y Fuego' sí existen los caníbales, no lo son los thennitas propiamente dichos. Pese a ello, me parece una idea brillante la de haberlos enfocado así. Son viscerales (jé), brutales y transmiten una sensación de peligrosidad que puede llegar a poner a uno los cojoncillos de corbata.

 Y por supuesto, el final. Ese final épico tras una de las escenas más tensas que se han podido disfrutar en la serie, con un Rory McCann espléndido interpretando a un Perro desafiante e imponente que consigue aterrar a media taberna amenazando (ojísimo) con comerse todo el pollo que se han atesorado los aberrantes hombres del Rey. Polliver, el cabroncete que se cargó a Lommy (el chavalín rubio que era amigo de nuestro entrañable Pastel Caliente) con Aguja (la espada que Jon regaló a Arya antes de partir hacia el Muro) hace su última aparición en la serie para ser asesinado por venganza con el ojo por ojo más satisfactorio posible, sobre todo para Arya. Enorme escena de acción, con momentos gore verdaderamente disfrutables y una resolución inmejorable, con una de las piezas musicales más brillantes y esperanzadoras que hemos podido escuchar en la serie.

 He echado de menos algunas tramas que se desplazaron para el segundo capítulo; Stannis, los Bolton y Bran (esta ya sí que me da un poco más de pereza). Pese a eso, me ha parecido un primer capítulo muy satisfactorio. No supera el nivel de los arranques de las dos primeras temporadas, que me parecen geniales, pero desde luego se codea con ellos y supera ampliamente al de la pasada, que fue bastante débil. Y desde luego, es un gustazo estar esperando otra semana sabiendo que cada lunes toca la obligada ración de 'Game of Thrones'. Y atención, que la de la semana que viene parece especialmente interesante.


jueves, 26 de diciembre de 2013

Es ella


 Nueva etapa. Como un jamón navideño con exceso de tocino. Como la deliciosa tarta de frambuesa que cocinó tu peor enemigo.


 Ya llega la nueva oleada de basura denunciable que deja un incómodo regustillo dulce.  Ha vuelto el "guilty pleasure". Ha vuelto la majadería.

martes, 22 de octubre de 2013

Las muecas no hablaron

 Cada dos de las tres personas que conoces han sido inducidas a competir en un torneo involuntariamente. Asumimos que conoces tres personas, ¿sabes? Vamos de sobrados. Tanto, que hablamos en plural y nos inventamos datos. Y somos uno.

También asumimos que dos de las tres personas que conoces
son Kim Kardashian y Jay Z dándose el lote en bucle.

 A día de hoy, nos dirigimos a una época en la que cada persona será el gurú de otras tantas. Es un modelo de comportamiento que está emergiendo, un nuevo axioma social.

Ya lo has conseguido: me cago en tu puta madre.

 Y es que, volviendo al primer dato, cuatro de cada cinco seres humanos consumen vídeos sobre redes sociales y los convierten en cintas VHS para golpear a sus madres. Vivimos tiempos jodidos.

Dime de qué presumes y te diré de qué careces.

miércoles, 14 de agosto de 2013

¡Ojalá te guste Pokémon!


 Cuando cursaba primaria (no recuerdo el curso exacto, pero juraría que rondaba los nueve años) se nos propuso realizar un trabajo de plástica en el que teníamos que, en grupos, dibujar en cartulinas considerablemente grandes escenas de temática greco-romana. Cada grupo lo presidía una persona que indicaba la idea general del proyecto, determinando cómo iba a ser una vez acabado.

 El caso es que una niña de clase terminó trabajando sola y lo hizo de principio a fin sin ninguna influencia externa.

 El resultado fue una especie de predicador romano tremendamente deforme embutido en una toga y con una corona de laureles rodeando su cabeza que portaba una pancarta en la que ponía: "¡Ojalá te guste Pokémon!". Al lado, pegado con pegamento, había una lámina recortada de un soldado romano extraído de "Astérix y Obélix".

 Me perturbó tantísimo que tuve que preguntarle de qué iba todo esto, y ni ella misma me supo responder. La cartulina estaba pegada en una pared de clase y la veía cada día. 

 No sé si a los demás niños les llamaba tanto la atención como a mí, pero os juro que me sigue fascinando hasta día de hoy. De hecho, he tenido que modificar el contenido de la pancarta (lo de arriba es la cartulina redibujada por mí de memoria) porque me jode la mente muchísimo la frase original. Y no es por mezclar "Pokémon" con la temática greco-romana. Es el DESEO de que te guste, expresado por ese ser, lo que acaba conmigo definitivamente.

miércoles, 7 de agosto de 2013

Ahí abajo

 Florián Descartes jamás pensó en la vida como un camino recto. Si quería conceder a su existencia la categoría de viaje, el escenario más adecuado a su forma de desenvolverse era una selva con senderos tremendamente irregulares. Con un comportamiento más animal que humano, el futuro era irrelevante para él en cualquiera de sus acepciones. Además, el joven Florián padecía insomnio, aunque no le parecía un impedimento para frenar su salvaje ritmo de vida. 

 Mucha gente no dudaba en tildarlo de un pobre desgraciado, pero estaba claro que no sabían de qué estaban hablando. Florián era un tigre, una bestia con fauces afiladas. Esa noche había quedado con una chica con la que coincidió en un cursillo hace años. El joven defendía una filosofía muy personal: nunca descartes viejos y útiles conocidos. Al fin y al cabo, esa forma de pensar se adaptaba muy bien a su forma de ver la vida, pues no era más que otra forma de anclarse al presente sin mirar al futuro. 

 La chica era su media naranja. Se llamaba Sevilla, como la ciudad. Y a pesar de eso, era otro animal de la selva. Jugaba a su mismo juego. Pero Florián ni siquiera se planteó algo serio con ella. Era su ligue, y le iba a durar tanto como tardara en extraer todo su jugo. La había invitado a casa, y eso implicaba una preparación considerable por parte de nuestro amigo. Velas, cena, vino, Miles Davis sonando y una considerable cantidad de cocaína en el cuerpo de nuestro joven. Florián estaba atípicamente nervioso. No le gustaban los rechazos, y solía poner toda la carne en el asador para estas cosas; el error no era una opción válida. Lo difícil no iba a ser conquistarla, sino llevarla a la cama sin necesidad de plantear una segunda cita. La cosa estaba en finalizar el trabajo esa misma noche. La eficacia era su musa, y rara vez le dejaba poco inspirado.

 Sevilla llegaba en diez minutos. La preparación de Florián en ese intervalo de tiempo era una rutina de observar fijamente una foto de la chica hasta asimilarla del todo con tal de no ponerse nervioso. A decir verdad, el joven sí pensaba en un futuro: el de su miembro. Tras analizar detenidamente el rostro de la chica, el timbre sonó alto y claro. Florián abrió rápidamente para descubrir a Sevilla, más guapa que nunca, postrada en su portal. El rojo resplandeciente de su vestido se deslizaba por su cuerpo hasta sus piernas, perfectamente integradas en unas medias de encaje que llegaban hasta sus altos tacones negros. Su dorada melena brillaba con la intensidad de mil soles, y sus fríos ojos grises devoraban los del joven. Tuvo que tragar saliva, pero no estaba nervioso. Tan solo sentía cómo sus expectativas -que ya eran altas- se veían superadas al verla. 

 -Pasa, pasa. La cena está prácticamente lista.

La mujer se desplazaba lenta y elegantemente, como una gata catando un entorno de ratones asustados. Florián no era ningún ratón, y mucho menos estaba asustado, pero sintió cierta incomodidad al intuir un intento de intimidación. Normalmente era al revés.

 -Tienes una bonita casa -apuntó Sevilla-. Es una lástima que vayas a irte a vivir fuera.

Aquella era otra de las mentiras del joven: esa no era su casa. Un íntimo le pidió que la cuidara mientras estaba de viaje, y él no dudó en usarla como picadero improvisado. 

 -Sí... es una pena abandonar un sitio donde has estado casi toda una vida -Florián volvió a mentir-. Me gustaría haberme quedado más. 

 Sevilla se sentó, y Florián sirvió los platos gentilmente. Había preparado un entrecot con salsa roquefort y espárragos a la plancha, acompañados de varias tiras de pimiento caramelizado y un vino tinto que había encontrado en la despensa de la casa. No tardaron en comer, y el silencio inundó el salón. Pese a lo incómodo de la situación, Florián sintió cómo la confianza en sí mismo volvía a aumentar. Estaba claro que a Sevilla le estaba encantando lo que había preparado, y, cómo no, eso para él era una garantía total de sexo.

 Ella le miró a los ojos, y no tardó en devolver la mirada. Sin darse cuenta, cada bocado que daban no les impedía dejar de mirarse. Estaban contemplándose con una frialdad felina, algo muy propio de ambos, pero que jamás habían experimentado. De pronto, Sevilla mordió con fuerza un espárrago y lo masticó con una recreación casi masturbatoria. A Florián le gustó mucho ese juego, así que él subió la apuesta a un trozo de carne, repitiendo la misma operación. Ella decidió pasar al siguiente nivel: agarró un pimiento con las manos, y tras deslizarlo suavemente por su mejilla, dejando una hilera roja en forma de media sonrisa hasta la comisura de su boca, lo mordió con una fuerza animal. Eso impulsó a Florián a levantarse, acercarse a ella desde el otro lado de la mesa y besarla con pasión. Ella, evidentemente, cedió y cayó en sus redes. Tras un apasionado minuto besándose, el joven volvió a su asiento para meterse debajo de la mesa. Era el momento: le iba a comer el coño.

 Cuando apartó el mantel de la mesa y se introdujo dentro, Florián notó una pequeña caída y se golpeó la cabeza contra el suelo. El momento, aparte de anticlimático, fue humillante. No veía nada, y cerraba los ojos con fuerza por el dolor. Puso la mano en el suelo para reincorporarse, y el tacto de éste no le resultó normal. Lo áspero y caliente del mismo le hizo abrir los ojos sorprendido, y fue entonces cuando empezó a no comprender nada. La luz del sol abrasador le cegó de primeras, pero no tardó en acostumbrarse para descubrir que se encontraba en medio de una larga carretera en medio de una llanura seca e infinita. A lo lejos, en medio del carril, había una silueta que se iba acercando lentamente. El joven, débil y confuso, se limitó a esperarla. Cuando se acercó a él, determinó finalmente cómo era, pero nunca había visto nada igual. La cara de Sevilla se encontraba adherida al cuerpo de un carnero de proporciones considerablemente grandes, y viraba los ojos enloquecidamente dentro de sus órbitas. Florián habló por instinto, no pensó.

-Tu coño...

De repente, los ojos nerviosos pararon en seco y le miraron fijamente con la frialdad de la primera vez, reviviendo el momento en forma de guiño bizarro. 

-Una cara no puede tener cara, al igual que un coño no puede tener coño -dijo el ser.

 Florián captó rápidamente el mensaje, aunque no por ello le resultó menos perturbador. ¿Aquello era...? Imposible. Intuyó que todo lo anterior con Sevilla había sido un sueño y tuvo que despertar ahí. ¿O el golpe le había afectado demasiado? Era más probable. Sí, seguramente eso fuera el sueño, aunque se sintió extrañamente consciente y decidido. 

 El joven se acercó a la cara del ser y lo besó con suavidad en los labios. No tardó en dar más profundidad al beso. Besó con pasión a ese extraño híbrido, y tampoco escatimó en empezar a usar la lengua. Cuando se dio cuenta, estaba lamiendo todo el rostro de forma adictiva y obscena. No podía parar aquello. Bajó un poco y llegó al vientre peludo del ser, que se acostó boca arriba en el asfalto para permitir a Florián desempeñar su trabajo. Lamió cada parte del vello de su barriga, llena de piel pellejosa y seca. Tardó en darse cuenta de que casi se había ahogado en pelo cuando escupió una gran bola húmeda. Eso le provocó una erección y repitió el proceso hasta generar otra bola capilar todavía más grande. Lamió también sus pezuñas, llenándose la boca de tierra y suciedad del suelo. Pronto se descubrió lamiendo el propio asfalto con intensidad y fuerza, y en un parpadeo, todo se volvió oscuro de nuevo. 

  -¿Florián? ¿Florián, estás bien? 

 Descubrió a Sevilla, otra vez en la casa, mirándole fijamente tras salir de debajo de la mesa. ¿Qué había pasado ahí dentro? El chico se sentía profundamente perdido, y rápidamente se incorporó con ayuda de la chica. 

 -Lo siento, no sé qué he hecho. No sé por qué he salido de ahí.

 -Da igual, Florián. Por cierto, la cena estaba buenísima. -indicó ella.

 Miró a la mesa y vio cómo ella se había acabado todo, al contrario que él. Se tocó la frente para comprobar si estaba febril. Nada. Parecía que su mente se la había jugado.

 -Oye, me voy a ir ya -anunció Sevilla-. Tengo que llegar a casa pronto, que mañana trabajo.

 Con eso, Florián descartó cualquier posibilidad de sexo. La misión había fallado, pero no le importaba mucho ahora. El trance anterior le había descolocado, y se sentía con pocas fuerzas para recuperarse de una experiencia así. Decidió acompañarla hasta la puerta de abajo y despedirse de ella tranquilamente. Tampoco le interesaba saber nada más de esa chica. No es que le desagradara, pero le daba igual conseguir algo a estas alturas.

 -Bueno, ten cuidado. Creo que ahí viene tu taxi.

 -Sí, parece que sí -Sevilla miró al suelo fijamente y se apresuró a levantar la vista y observar ilusionada a Florián. Se acercó a él y se colocó junto a su oído-. Por cierto... -dijo ella- Pocos siguen adelante tras ver lo que tú has visto -Florián se apartó con delicadeza y la miró a los ojos, confundido-. Me ha encantado lo que me has hecho ahí abajo.

martes, 9 de julio de 2013

¡KHAAAAAAAAAAAAAAAAAN!



 El porvenir es un misterio, pero si había algo realmente impredecible dentro de lo impredecible era verme, a día de hoy, tan fascinado por 'Star Trek'.

 J.J Abrams es un dream-maker de los que ya no quedan. Aunque todos los directores actuales de género beban muchísimo del cine ochentero y de esa generación de cineastas que incluye a  gente como George Lucas, Steven Spielberg, Ridley Scott, Paul Verhoeven, James Cameron, Joe Dante, Richard Donner, Sam Raimi o Robert Zemeckis, pocos han sabido evocar tantísimo la sensación de "factoría de sueños" que reflejaban los blockbusters de esa época como el que nos ocupa. Y bueno, yo no me siento solo al decir que amo profundamente esa escuela y su legado.

 Los que crecimos con las cintas de los anteriormente citados nos corremos con cualquier eco realmente significativo que se intuya en las películas actuales. Añorábamos un revival que ahora se está asentando por pura necesidad, pues las nuevas formas de hacer cine empezaban a desgastarse por limitadas e insulsas. 

 Sin embargo, 'Star Trek' nunca llegó a pertenecer a esa corriente blockbuster, al menos en estilo. Las primeras películas de la saga se caracterizaban por su ritmo pausado y su narración densa, cosa que se identificaba poco o nada con la corriente de la época, más asidua a mostrar soldados robot pateando culos y batallas de espadas láser en estaciones espaciales. Abrams ha decidido hacer de hereje incluyendo esta saga en su revival ochentero, haciéndola a la vieja usanza pero sin emular la tradición trekkie. Y le funciona que te cagas.

 La nueva 'Into Darkness', paralela en muchos sentidos a la ya mítica 'The Wrath of Khan', es una clara revisión de una tradición generacional que nunca llegó a tocar la saga. Pero funciona increíblemente bien al mantener, en muchos sentidos, la esencia más básica de sus precuelas clásicas siendo consciente de la corriente estilística que, por otro lado, transmite con solidez.

 Pensar en este tío haciendo una nueva entrega de 'Star Wars' me parece, a priori, maravilloso. Ahí, de hecho, no hará falta ninguna herejía; su fórmula encaja a la perfección con la franquicia que tiene entre manos.

jueves, 4 de julio de 2013

Bocadillos de jamón con arena

 Julio está entrando sin piedad y eso implica que estamos en los primeros días de verano. Que si el refresquito, que si la playita, que si el chiringuito, que si las chiquitas, que si los chiquitos, que si la arenita, que si el calorcito... ya sabes; los jugosísimos tópicos veraniegos (que adoro y respeto). Pero lo que más llama la atención de esta caótica amalgama es, como siempre, su efecto en la gente.

 Si hay algo que jamás dejará de sorprenderme en verano son las personas que, en su momento de lucidez supina, cuando el dios de la inspiración visita sus hogares y le da cobijo en su confortable vientre peludo, decide quejarse hasta la infamia de las altas temperaturas. Como si de una anomalía enfermiza se tratase, el cerebro de este grupo de personas parece, año tras año, sorprenderse como un pez amnésico ante la idea de que en verano apriete el calor. Y ojo, no me parece nada mal que te guste el frío. A mí me encanta el frío. De hecho, puede que lo prefiera al calor. Pero hacer gala de tu deficiente adaptabilidad ante el tiempo y reivindicarlo como una distinción meritoria me parece poquito menos que bochornoso.

 Una de las cosas que más mola en este mundo es intentar sacarle el jugo a todo. No digo yo que lo popular deba gustarte a la fuerza, pero nunca está de más abrazar las tendencias (sin forzar tus gustos, y evidentemente no limitándote a ellas) y ver qué puedes extraer en claro de las mismas. Y al fin y al cabo, la macrotendencia que es toda esta actitud buenrrollista que vira alrededor del verano deriva en tradición y cultura. Además, el verano tiene elementos simbólicos muy atrayentes: una nochecita en la playa, un cine al aire libre, socialización constante... en fin.

 Evidentemente hablo desde mi punto de vista, pero me parece tan innegable la potencial fuente nostálgica y de buenos recuerdos que puede implicar que me cuesta entender que la gente que rechaza firmemente esta época del año no acabe cediendo y cayendo en las fauces arenosas del dios del verano.

miércoles, 20 de marzo de 2013

Lancaster

 Cuando crezca y esté capacitado, rodaré una película protagonizada por pigmeos que descarten ser esclavos. Lejos de querer emular a Herzog, quiero proponer una revolución necesaria, constructiva y rompedora.

 Una madre canalizará su amargura en humo; quemará sus venas y destruirá su cuerpo para no ver más al hijo que nunca quiso tener. Un proxeneta se enamorará de su puta más cara y arremeterá contra los clientes que la requieran. Un lagarto buscará escapar de su jaula, consiguiéndolo cuando la revolución se consume y los protagonistas obtengan todo aquello por lo que han luchado. Tras eso, una gran peste acabará con parte de la población y el lagarto será atropellado por un camión que transportaba restos de meteorito a un laboratorio.


 Al final aparecerá uno de los pigmeos disfrazado de Lenin preparando unas lentejas. Defecará en el plato de las mismas y lo derramará sobre una bombilla azul. Y se cagará en tus muertos.

sábado, 26 de enero de 2013

EXTERMINATE!

 Como muchos habréis adivinado por el título de la entrada, he empezado a ver Doctor Who. Y nunca es tarde para enfrentarse a tal mitiquez, o al menos así lo entiendo yo. Por ahora, como buen hijo de mi época falto de autenticidad y cojones, he empezado con la serie nueva, la que arrancó en 2005, y de manera absolutamente profana. Si ha habido alguna referencia o se ha relacionado algo de lo visto en los primeros siete episodios con la serie original, no lo he pillado.

 Mis primeras impresiones van a ser, con casi total seguridad, tan evidentes que seguramente hasta redunde emitirlas de manera abierta. Pero oye, no me voy a arriesgar a callarme algo interesante y voy a vomitar de la mejor manera posible todo lo que se me esté pasando por la cabeza sobre lo visto.

 Su mecanismo y sus encantos formales son clarísimos: la serie usa la inocencia autoconsciente  (sin una pizca de ironía fácil) como arma principal para deslumbrar al espectador. En todo momento nos sorprende con efectos especiales de una cutrez hechizante, que al compás de historias con una base impresionantemente sencilla, nos llevan a situaciones algo más originales que parecen ser impelidas por un poder narrativo contrarrestante que dote al conjunto de un sabor fresco y adictivo.

 Y hasta ahora y por lo que he visto, funciona a la perfección. Además, su carácter atemporal viene muy marcado al ser un producto con una lógica interna tan carente de fobias. Por ahora no puedo decir mucho más, pero me está encandilando. Habrá que ver cómo llevan las riendas en todo lo que me queda. Pero en fin, que es muy bonita y ligera como cereales dietéticos.

viernes, 25 de enero de 2013

Legitimidad

 Pues nada, tras varios making off relativamente insulsos y un par de teasers -uno con algo de jugo y otro meramente promocional que no tiene casi nada que ver con la serie en sí-, por fin tenemos las primeras imágenes de lo que serán los personajes en la cada vez más cercana nueva temporada de Juego de Tronos.

 ¿Cómo pinta? Pues como viene pintando la serie desde su primera emisión en 2011. Impresionante y cuidadísima en todos sus aspectos. Algunas fotos pecan de producir la más profunda y absoluta indiferencia -no se hartan de mostrarnos la delicada cicatriz de Tyrion, que poco tiene que ver con la mutilación que sufre en la novela-, mientras que otras se presentan sencillamente acojonantes y, por fin, mostrando más chicha -que no carne- que antes. Y es que, a diferencia de aquel maravilloso aperitivo que nos dieron en forma de tráiler cuando esperábamos la segunda temporada (this), lo que nos han mostrado en ésta ha sido, hasta hoy, decepcionante por escaso.

 Ciertas imágenes no tienen desperdicio. A recalcar ese maravilloso Stephen Dillane embutido en las pieles de Stannis Baratheon, los nuevos -e insistentemente reivindicados- Ellie Kendrick y Thomas Brodie-Sangster en los papeles de Meera y Jojen Reed respectivamente y el fabuloso Paul Kaye en las carnes de Thoros de Myr.

 Podéis ver todas las fotos aquí. Además, si observáis bien el nombre de los archivos, veréis el número del capítulo al que pertenece cada una. Vamos, que no tiene desperdicio en lo que respecta a elucubraciones y teorías de cara a los lectores. Es más, yo ya me he hecho unas cuantas y me he montado una supuesta estructura adaptada de la primera mitad de Tormenta de Espadas. Y ciertamente se me hace muy, pero que muy suculento lo que pueda venir. Vamos, que estoy salivando

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sábado, 19 de enero de 2013

Casas que ya no existen

  Empezar un blog a raíz de algo que has soñado es bien jodido. Las pesadillas inquietan y aterran a nivel sobrenatural más que cualquier otra cosa en la vida de un ser humano corriente, claro está. Pero realmente no es ese el punto del que venía a hablar hoy. Cuando los sueños se convierten en algo recurrente y muy relacionado con la realidad, a modo de recordatorio psicológico de que algo funciona (o no) de determinada manera en tu mente, dejar de pensar en ello se torna inevitable. 

  A día de hoy he tenido incontables sueños con algo en concreto, o al menos, que viraban alrededor de ello: el antiguo chalet de mis abuelos. Hace cinco años (o por ahí andará) que dicho chalet está destruido y se mudaron a uno cercano que estaba recién edificado, pero en el primero pasé toda mi vida. Todos los veranos tocaba irse temporadas largas allí, y hacía vida con los otros chavales que vivían en chalets contiguos. Una importantísima parte de mi infancia y de los recuerdos que ésta conlleva se almacenan entre aquellas paredes, el patio, la playa y la carretera de piedras que recorría todo el vecindario. Y ahora, años después, no paro de soñar con ello.

  Realmente preveo que no será algo poco común soñar con un elemento en concreto que conforme el pasado, pero realmente tampoco me preocupo mucho por ello. Simplemente me parece curioso el hecho de soñar con distintas situaciones que acontecen en ese lugar, ya sea intacto u en los albores de su destrucción, cuando ya habían abandonado la casa pero seguíamos bajando por la zona. Tampoco me quiero extender mucho con respecto a ello. Digamos que, pese a ser absolutamente cierto, lo he usado a modo de entradilla para este blog que principalmente voy a enfocar al cine; comentar películas, estrenos, etc... del modo más subjetivo posible, esto es, una visión muy personal de lo que está por venir, lo que ya he visto y lo que me falta por ver. Tampoco será exclusivamente de cine (o sí, vaya usted a saber), pero como mínimo será el tema principal del mismo. Y si no resulta... pues oye, me voy a la mierda.

 Un besito.